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Historia de los Templos

Por el Elder James E. Talmage (1862-1933)
      Del Quorum de los Doce Apostoles

En muchas edades distintas, tanto los adoradores de ídolos como los adherentes del Dios verdadero y viviente han levantado edificios considerados en su totalidad como santuarios o recintos así llamados. Los templos paganos de la antigüedad eran tenidos por habitación de los dioses y diosas míticos cuyos nombres llevaban, y a cuyo servicio se consagraban los edificios. Aunque se usaban las inmediaciones de estos templos como sitios de reunión general y ceremonia pública, siempre había recintos interiores donde solamente los sacerdotes consagrados podían entrar, y en los cuales, según se afirmaba, se manifestaba la presencia de su deidad. Como evidencia de la exclusividad de los templos antiguos, aun los de origen pagano, hallamos que el altar de adoración pagana se colocaba, no dentro del propio templo, sino delante de la entrada. Los templos jamás han sido considerados como sitios de reuniones públicas ordinarias, sino como recintos santos, consagrados a las ceremonias más solemnes de ese sistema particular de adoración, idólatra o divino, del cual el templo era el símbolo visible y el ejemplo material.

ANTECEDENTES
Templos en la antiguedadEn días antiguos, el pueblo de Israel se distinguía entre las naciones como edificador de santuarios al nombre del Dios viviente. Este servicio les era requerido en forma particular por Jehová, a quien profesaban servir. La historia de Israel como nación data desde el Éxodo. Durante los siglos de su esclavitud en Egipto, los hijos de Jacob habían llegado a ser un pueblo numeroso y fuerte, mas no obstante, bajo servidumbre. En el debido tiempo, sin embargo, sus aflicciones y súplicas llegaron al Señor, quien los sacó con brazo extendido de poder. No bien hubieron escapado del ambiente de la idolatría egipcia, les fue requerido preparar un santuario en el cual Jehová pudiera manifestar Su presencia y dar a conocer Su voluntad como su Señor y Rey aceptado.

CARACTERISTICAS DE CONSTRUCCIÓN
El tabernáculo ---sagrado para Israel, en calidad de santuario de Jehová, desde la época de su construcción en el desierto, y entonces durante el período en que anduvieron errantes y aun por siglos después--- se construyó de acuerdo con un plan y medidas revelados. Se trataba de una estructura compacta y portátil, acomodada a las exigencias de su emigración. Aun cuando el tabernáculo era solamente una tienda, se construyó con los mejores, los más preciados y los más costosos materiales que el pueblo poseía. Esta condición de excelencia constituía la ofrenda de una nación al Señor. Su construcción fue prescrita con minucioso detalle, así en cuanto al diseño como al material; fue en todo respecto lo mejor que el pueblo pudo dar, y Jehová santificó la dádiva ofrecida con su aceptación divina. Dicho sea de paso, tengamos presente el hecho de que, bien se trate del don de un hombre o de una nación, lo mejor, si se ofrece con toda la voluntad y con intención pura, siempre es precioso a la vista de Dios, pese a lo pobre que parezca ser cuando se le compara con otras cosas.

 El llamado de proporcionar material para construir el tabernáculo se recibió con tan buenaTemplos en la antiguedad disposición y liberalidad, que se reunió más de lo necesario: “Pues tenían material abundante para hacer toda la obra, y sobraba” (Éxodo 36:7). Se hizo una proclamación al respecto, y se le impidió al pueblo llevar más. Los artesanos y obreros que habrían de trabajar en la construcción del tabernáculo fueron designados por revelación directa, o sea, escogidos por autoridad divinamente señalada, dándose particular consideración a su destreza y devoción. Examinado en relación con su ambiente, y tomando en cuenta las circunstancias de su creación, el tabernáculo era una estructura imponente. La armazón era de madera escogida, las cortinas interiores de lino fino y preciosos bordados con adornos prescritos en azul, púrpura y carmesí, sus cortinas intermedias y exteriores de ricas pieles; sus partes de metal eran de bronce, plata y oro.

 A la puerta del tabernáculo, pero dentro de su atrio, se hallaba el altar del holocausto y la fuente de bronce para lavar. Un cuarto exterior, o Lugar Santo, constituía el primer compartimiento de lo que era propiamente el tabernáculo; y más adentro, protegido de la vista por el segundo velo, se hallaba el santuario interior, categóricamente conocido como el Lugar Santísimo. De acuerdo con el orden prescrito, únicamente a los sacerdotes les era permitido entrar en el compartimiento exterior; mientras que en el recinto interior, el “más santo de todos”, a nadie se admitía sino al sumo sacerdote, y éste sólo una vez al año y únicamente después de un extenso curso de purificación y santificación (véase Hebreos 9:1--7; Levítico 16).

Una de las pertenencias más sagradas del tabernáculo era el arca del pacto [convenio]. Era una caja o cofre, construida de la madera más fina disponible, cubierta de oro puro por dentro y por fuera, y provista de cuatro anillos de oro para insertar las varas que se usaban para transportarla mientras viajaban. El arca contenía ciertos objetos de importancia sagrada, tales como la vasija de oro llena de maná, guardada como remembranza, y a ésta se añadieron más tarde la vara de Aarón que reverdeció y las tablas de piedra escritas por la mano de Dios. Cuando se levantaba el tabernáculo en el campamento de Israel, se colocaba el arca dentro del velo interior, en el Lugar Santísimo. Sobre el arca descansaba el propiciatorio, al cual coronaban dos querubines de oro labrados a martillo. En este sitio manifestaba el Señor Su presencia, tal como prometió aun antes de haberse construido el arca o el tabernáculo: “Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio, todo lo que yo te mandare para los hijos de Israel” (Éxodo 25:22).

No se intentará dar, en esta parte, una descripción detallada del tabernáculo, sus pertenencias o mobiliario. Para nuestro propósito actual basta saber que en el campamento de Israel existía tal santuario; que se construyó de acuerdo con un plan revelado; que era la incorporación de lo mejor que el pueblo pudo ofrecer, así en cuanto a materiales como a mano de obra; que era la ofrenda del pueblo a su Dios, y que fue debidamente aceptada por Él (véase Éxodo 40:3--38). Como se mostrará más adelante, el tabernáculo fue un prototipo del templo de mayor estabilidad y magnificencia que con el transcurso del tiempo lo reemplazó.

 Después que Israel se hubo establecido en la tierra de promisión, cuando, después de cuatro décadas de andar errantes por el desierto, el pueblo del convenio finalmente tomó posesión de su propia Canaán, el tabernáculo con sus objetos sagrados se estableció en Silo, y allí se reunían las tribus para conocer la voluntad y la palabra de Dios (véase Josué 18:1; 19:51; 21:2; Jueces 18:31; 1 Samuel 1:3, 24; 4:3--4). Más tarde fue trasladado a Gabaón (véase 1 Crónicas 21:29; 2 Crónicas 1:3; y posteriormente a la Ciudad de David, o Sión (véase 2 Samuel 6:12; 2 Crónicas 5:2).

 David, el segundo rey de Israel, pretendió y proyectó edificarle casa al Señor, declarando que era impropio que él, el rey, morara en un palacio de cedro, mientras que el santuario de Dios no era sino una tienda (véase 2 Samuel 7:2). Mas el Señor, hablando por boca del profeta Natán, rehusó la ofrenda propuesta y aclaró el hecho de que para serle aceptable, no era suficiente con que el presente fuese digno, sino que el dador también debía serlo Aunque en muchos respectos David, rey de Israel, era un varón aceptable a Dios, sin embargo, había pecado, y su transgresión aún no había sido perdonada. El rey declaró: “Yo tenía el propósito de edificar una casa en la cual reposara el arca del pacto de Jehová, y para el estrado de los pies de nuestro Dios; y había ya preparado todo para edificar. Mas Dios me dijo: Tú no edificarás casa a mi nombre, porque eres hombre de guerra, y has derramado mucha sangre” (1 Crónicas 28:2--3; véase también 2 Samuel 7:1--13). No obstante, le fue permitido a David recoger el material para la Casa del Señor, edificio que había de construir no él, sino su hijo Salomón

Poco después de ascender al trono, Salomón emprendió la obra que, como herencia y honor, recibió con la corona. Puso los cimientos durante el cuarto año de su reinado, y el edificio quedó completo dentro de siete años y medio. Con la abundante riqueza acumulada por su padre el rey, y particularmente reservada para la construcción del templo, Salomón pudo imponer tributo a todo el mundo conocido y lograr la cooperación de varias naciones en su grande empresa. El número de los que trabajaron en el templo ascendió a muchos miles, y todo departamento quedó bajo el cargo de maestros artesanos. Era un honor prestar servicio en la gran estructura de la manera que fuese, y la mano de obra cobró una dignidad que hasta entonces no se había conocido. La albañilería se convirtió en profesión, y los niveles que en ella se establecieron han permanecido hasta el día de hoy. La construcción del Templo de Salomón fue un acontecimiento trascendental, no sólo en la historia de Israel, sino en la del mundo.

De acuerdo con la cronología comúnmente aceptada, el templo se terminó hacia el año 1005 a. de J. C. En cuanto a arquitectura y construcción, diseño y costo, es conocido como uno de los edificios más notables de la historia. Los servicios dedicatorios duraron siete días, una semana de regocijo santo en Israel. Construcción de TemplosSe llevaron al templo, con las debidas ceremonias, el tabernáculo de reunión y la sagrada arca del pacto, la cual fue depositada en el santuario interior, el Lugar Santísimo. La condescendiente aceptación por parte del Señor se manifestó en la nube que llenó los sagrados recintos al retirarse los sacerdotes: “Y no podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios” 2 Crónicas 5:14; véase también 2 Crónicas 7:1--2; Éxodo 40:35). Así fue como el templo reemplazó e incorporó el tabernáculo, del cual verdaderamente fue el suntuoso sucesor.

Al compararse el plan del Templo de Salomón con el del tabernáculo anterior, se ve que en todo punto esencial de disposición y proporción, había tanta semejanza entre los dos, que eran prácticamente idénticos Aun cuando era cierto que el tabernáculo no tenía sino un recinto, mientras que el templo estaba rodeado de patios, sin embargo, la estructura interior, lo que era propiamente el templo, seguía muy de cerca el diseño anterior. Las dimensiones del Lugar Santísimo, el Lugar Santo y el atrio del templo eran exactamente el doble de lo que habían sido en el tabernáculo.

La gloriosa preeminencia de este espléndido edificio fue de breve duración. Treinta y cuatro años después de su dedicación, y escasamente cinco años después de la muerte de Salomón, empezó a decaer; y esta decadencia pronto se iba a convertir en un despojo general, tornándose finalmente en una verdadera profanación. Salomón el rey, el hombre de sabiduría, el hábil constructor, se desvió en pos de los ardides de mujeres idólatras y su conducta indisciplinada provocó la iniquidad en Israel. La nación ya no era una; había facciones y sectas, partidos y credos; algunos adoraban en las cumbres de los montes, otros bajo árboles frondosos, cada partido afirmando la excelencia de su santuario particular. El templo pronto perdió su santidad; el don se desprestigió a causa de la perfidia del donador y Jehová retiró Su presencia protectora del lugar que ya no era santo.

Nuevamente se permitió que Israel fuera oprimido por los egipcios, de cuya servidumbre habían sido librados. Sisac, rey de Egipto, venció a Jerusalén ---la ciudad de David y el sitio del templo--- “y tomó los tesoros de la casa de Jehová” (1 Reyes 14:25--26). Otros tomaron parte del mobiliario, otrora sagrado, que dejaron los egipcios, y lo obsequiaron a ídolos (véase 2 Crónicas 24:7). La obra profanadora continuó algunos siglos. Doscientos dieciséis años después del saqueo egipcio, Acaz, rey de Judá, robó del templo los tesoros que quedaban y envió como presente a un rey pagano, cuyo favor deseaba granjearse, parte del oro y de la plata que allí encontró. Además, quitó el altar y la fuente, dejando solamente una casa donde en otro tiempo había habido un templo (véase 2 Reyes 16:7--9, 17--18; véase también 2 Crónicas 28:24--25). Más tarde, Nabucodonosor, rey de Babilonia, acabó de despojar el templo y se llevó los pocos tesoros que todavía quedaban, tras lo cual consumió a fuego el edificio (véase 2 Crónicas 36:18--19; véase también 2 Reyes 24:13; 25:9).

 De manera que, unos seiscientos años antes del advenimiento terrenal de nuestro Señor, IsraelEl Templo del Señor quedó sin templo. El pueblo se había dividido; existían dos reinos, el de Israel y el de Judá, enemistado el uno con el otro; se habían tornado idólatras y completamente inicuos; y el Señor los había rechazado junto con su santuario. El reino de Israel, en el cual estaban comprendidas aproximadamente diez de las doce tribus, cayó bajo el dominio de Asiria hacia el año 721 a. de J. C., y un siglo después, los babilonios vencieron al reino de Judá. Durante setenta años los del pueblo de Judá (conocidos como judíos desde esa época) permanecieron en el cautiverio, tal como se había predicho (véase Jeremías 25:11--12; 29:10).

Entonces, bajo el dominio benigno de Ciro (véase Esdras 1 ,2) y de Darío (véase Esdras 6, se les permitió volver a Jerusalén y una vez más edificar un templo de acuerdo con su fe. Para honrar al director de la obra, el templo restaurado se conoce en la historia como el Templo de Zorobabel. Se echaron los cimientos con una ceremonia solemne, y la ocasión hizo llorar de gozo a los ancianos vivientes que recordaban el templo anterior (véase Esdras 3:12--13). A pesar de impedimentos legales (véase Esdras 4:4--24 y otros estorbos, la obra continuó, y dentro de veinte años de haber vuelto de su cautiverio, los judíos tenían un templo listo para su dedicación. El Templo de Zorobabel se completó en el año 515 antes de Cristo, precisamente el día 3 del mes de Adar, en el sexto año del reinado del rey Darío, tras lo cual inmediatamente se procedió a su dedicación (véase Esdras 6:15--22). A pesar de que este templo era muy inferior en cuanto al lujo del acabado y muebles, en comparación con el espléndido Templo de Salomón, fue, no obstante, lo mejor que el pueblo pudo edificar, y el Señor lo aceptó como ofrenda representativa del amor y devoción de Sus hijos del convenio. Como prueba de esta aceptación divina, consideremos el ministerio de profetas tales como Zacarías, Hageo y Malaquías dentro de sus muros.

Unos dieciséis años antes del nacimiento de Cristo, Herodes I, rey de Judea, inició la reconstrucción del Templo de Zorobabel, en ese tiempo decadente y virtualmente en ruinas. Esta estructura había durado cinco siglos, e indudablemente se había deteriorado con el tiempo.

Muchos de los acontecimientos de la vida terrenal del Salvador se relacionan con el Templo de Herodes. Es evidente, según las Escrituras, que aun cuando se opuso a los usos degradados y comerciales que impusieron sobre el templo, Cristo reconoció la santidad de sus recintos. El Templo de Herodes era una estructura sagrada, y pese al nombre por el cual era conocida, para Jesús era la Casa del Señor. Entonces, cuando el tenebroso velo descendió sobre la gran tragedia del Calvario, cuando por último se lanzó desde la cruz el grito agonizante: “Consumado es”, el velo del templo se rasgó en dos, y quedó al descubierto lo que en otro tiempo había sido el Lugar Santísimo. Mientras vivía aún en la carne (véase Mateo 24:1--2; Marcos 13:1--2; Lucas 21:6), nuestro Señor predijo la total destrucción del templo. En el año 70 de nuestra era el templo fue completamente destruido por fuego en la toma de Jerusalén por los romanos al mando de Tito.

El Templo de Herodes fue el último templo que se erigió en el hemisferio oriental. Desde la destrucción de ese gran edificio hasta el tiempo del restablecimiento de la Iglesia de Jesucristo en el siglo XIX, todo lo que sabemos de la edificación de templos es lo que se menciona en los anales nefitas. Los pasajes del Libro de Mormón afirman que los colonos nefitas erigieron templos en lo que hoy es conocido como el hemisferio americano; pero son pocos los detalles que tenemos en cuanto a su construcción, y menos es todavía lo que sabemos de las ordenanzas administrativas correspondientes a estos templos occidentales. El pueblo construyó un templo hacia el año 570 a. de J. C., el cual, según se nos informa, siguió el modelo del Templo de Salomón aunque muy inferior a esta lujosa estructura en esplendidez y costo (véase 2 Nefi 5:16 Es de interés leer que cuando el Señor resucitado se manifestó a los nefitas en el continente occidental, los encontró reunidos en los alrededores del templo (véase 3 Nefi 11:1--10). Sin embargo, ya para el tiempo de la destrucción del Templo de Jerusalén, no se mencionan templos en el Libro de Mormón, y por otra parte, la nación nefita llegó a su fin antes del siglo IV después de Cristo. Es evidente, por tanto, que en ambos hemisferios dejaron de existir los templos en las primeras etapas de la Apostasía y que entre el género humano pereció el concepto mismo de un templo, en el sentido particular.

 

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